





Dice Laura Feinsilber:
Eduardo Cetner ha dejado atrás una narrativa basada en documentación fotográfica—la serie de inmigrantes por la que conocí su obra—grupos humanos abigarrados, recién llegados a estas tierras, vestimentas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, posando para la foto, y en la que no ahorraba detalles de pliegues, gestos, luces y sombras en tonalidades sepias. Una imagen de archivo, de la memoria, de recuerdos familiares, de la nostalgia.
Cetner, después de haber vivido en distintas geografías, tiene ahora una manera diferente de ver el mundo pero no hace borrón y cuenta nueva. El abigarramiento de personajes fue suplantado por grandes espacios iluminados por cielos cerúleos, rosados, grises amarillentos. Pocos personajes, la figura minimizada, casi siempre de espaldas mirando hacia el horizonte infinito, vestidos con largos capotes oscuros. Sin embargo, algo permanece, la atmósfera nostálgica. Hay situaciones insólitas: el grupo de jugadores de cricket, de impecable blanco, en medio de la nada, algunos en poses extremas, los inmigrantes inundados en una salina o una elevación en un paisaje desértico.