1 de noviembre, San Caldereto
Esto de la chaquetilla, como casi todo, lo aprendimos de los romanos, que, como sabéis, fueron los primeros invasores que aportaron sangre mestiza a nuestros antepasados carpetovetónicos. Aquéllos, según dicen nuestros amigos historiadores, ya iban a comerse las castañas al mausoleo de sus antepasados pero compartiéndolas con ellos a través de un tubo de libación. Los cristianos, en su línea de originalidad, adaptaron la costumbre romana y de ahí, más o menos, llegó a nuestros días.
En los tiempos memorables del emeritensismo castizo, o sea, en los años medios y grises del pasado siglo, la chaquetilla se localizaba en el campo situado al norte del cementerio, donde se juntaba todo el pueblo a comerse las castañas y la tartera después de limpiar las tumbas de sus difuntos.
Los mestizos nunca entendimos esa manía de acordarse de los muertos sólo el día de la chaquetilla, y ponerse púas a su lado. Por eso abandonamos los ritos sagrados y, vulgarizándola, la reconvertimos en un acto campestre de adoración de las migas y la caldereta a la sombra de la encina más próxima que encontráramos, creando el antecedente de los acampedos. Del campo florecido poco veíamos con el ciego que nos pillábamos y del cantar de los pajarillos ni nos enterábamos con el hortera del transistor, que nunca faltaba.
En una chaquetilla ocurrió que una de las nuestras, preñada hasta las trancas y las cejas, rompió aguas al lado del caldero y a punto estuvo de echar al niño junto al cordero por no ir al hospital y comerse la caldereta que ya había abonado a escote. En el bautizo pagano que celebramos a continuación apodamos al bebé Caldereto, que los padres cristianizaron como Guillermo.
Depravados cocinillas, oh tempora! oh mores!.