
Si queréis ver las fotos, muy interesantes, picar aquí


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Llegué a Mérida en septiembre de 1940. Iba destinado al Instituto de Segunda Enseñanza, flamante catedrático de Lengua y Literatura Españolas, salido de las primeras oposiciones celebradas después de
Siete cursos de chicos por las mañanas, siete cursos de chicas por las tardes. Eran los años en que la coeducación sonaba a blasfemia imperdonable. A los pocos días, la rutina llenaba la vida. Unos profesores se van al casino (estaba en la esquina), otros, pocos, esperaban la inevitable película de folklore seudoandaluz, o conquista del oeste americano, todos se escandalizaban de que el director del centro (cargo de confianza, es natural), no fuese catedrático, sino un viejo cursillista. (…)
En aquella Mérida de sol y melancolía, en un invierno excepcionalmente lluvioso seguido de un verano atroz, de calores exagerados, comencé mi vida de profesor y, a la vez, el acopio de materiales para lo que iba a ser mi tesis doctoral. Fui de aquí para allá, con los escasísimos medios de que disponía, utilizando los transportes más variopintos e inseguros, preguntando, preguntando, llenando papeles de notas y dibujos. Al cabo de algunas semanas estaba familiarizado con el hablar de la tierra. (…)
Volviendo a los que fueron mis «sujetos» he de recordar al tío Quico, Francisco García Aguilar, el lechero. Vivía por la antigua salida hacia Cáceres, pasado el paso a nivel, una puerta ancha guarnecida de macetas rabiosas de colores y perfume y nombres sugestivos, entremezclados con el olor agrio de cabras y vacas. Compartimos muchas veces el burranquino, en expediciones a los pueblos cercanos. Pareja cercana era el alfarero, del que apenas me queda otra imagen que algún pucherillo desperdigado entre los libros. ¡Cuánto, cuánto aprendí de su experiencia! Dichos, sucedidos, anecdotario irrestañable, el desencanto total de la guerra y la conciencia clara de su bárbara inutilidad... Cómo influían en su cháchara desengañada, con asombrosa naturalidad. Y aún se me pone de pie en la memoria el interminable, cambiante charloteo múltiple de las tabernas pueblerinas, humo, palabrotas, heroicidades de la guerra a troche y moche, tan enormes como falsas, siempre el erudito local malhumorado y próximo, acechando la ocasión de dejar en ridículo al advenedizo preguntón. (…)
Habla el inculto, y el culto, y el iletrado y el sabihondo, el clérigo y el pastor. Entre todos surge el habla cotidiana, la que nos debe preocupar. Y cada uno de estos grupos humanos varía según sus apetencias momentáneas, las que terminan por retratar cumplidamente su yo histórico y social.







