Mostrando entradas con la etiqueta emeritenwebseantes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emeritenwebseantes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de noviembre de 2010

expo 100 años


Os dejo la invitación para esta exposición que se inaugura el 9 de noviembre en la Asamblea.


Si queréis ver las fotos, muy interesantes, picar aquí


miércoles, 26 de noviembre de 2008

el habla de Mérida


(…)

Llegué a Mérida en septiembre de 1940. Iba destinado al Instituto de Segunda Enseñanza, flamante catedrático de Lengua y Literatura Españolas, salido de las primeras oposiciones celebradas después de la Guerra Civil, «humilde profesor de un instituto rural». El instituto estaba por entonces en un viejo caserón destartalado, quizá dieciochesco, con una amplia escalera que iba a morir en unas habitaciones que nadie veía, y que disfrutaba, incrustados en sus paredes, de nobles mármoles romanos (relieves, algunas inscripciones). (…) En aquel patio, los chiquillos gritaban estruendosamente al infinito resplandor de las doce y toreaban a unas tres o cuatro vacas que, propiedad del conserje, andaban sueltas por allí. (…)

Siete cursos de chicos por las mañanas, siete cursos de chicas por las tardes. Eran los años en que la coeducación sonaba a blasfemia imperdonable. A los pocos días, la rutina llenaba la vida. Unos profesores se van al casino (estaba en la esquina), otros, pocos, esperaban la inevitable película de folklore seudoandaluz, o conquista del oeste americano, todos se escandalizaban de que el director del centro (cargo de confianza, es natural), no fuese catedrático, sino un viejo cursillista. (…)

En aquella Mérida de sol y melancolía, en un invierno excepcionalmente lluvioso seguido de un verano atroz, de calores exagerados, comencé mi vida de profesor y, a la vez, el acopio de materiales para lo que iba a ser mi tesis doctoral. Fui de aquí para allá, con los escasísimos medios de que disponía, utilizando los transportes más variopintos e inseguros, preguntando, preguntando, llenando papeles de notas y dibujos. Al cabo de algunas semanas estaba familiarizado con el hablar de la tierra. (…)

Volviendo a los que fueron mis «sujetos» he de recordar al tío Quico, Francisco García Aguilar, el lechero. Vivía por la antigua salida hacia Cáceres, pasado el paso a nivel, una puerta ancha guarnecida de macetas rabiosas de colores y perfume y nombres sugestivos, entremezclados con el olor agrio de cabras y vacas. Compartimos muchas veces el burranquino, en expediciones a los pueblos cercanos. Pareja cercana era el alfarero, del que apenas me queda otra imagen que algún pucherillo desperdigado entre los libros. ¡Cuánto, cuánto aprendí de su experiencia! Dichos, sucedidos, anecdotario irrestañable, el desencanto total de la guerra y la conciencia clara de su bárbara inutilidad... Cómo influían en su cháchara desengañada, con asombrosa naturalidad. Y aún se me pone de pie en la memoria el interminable, cambiante charloteo múltiple de las tabernas pueblerinas, humo, palabrotas, heroicidades de la guerra a troche y moche, tan enormes como falsas, siempre el erudito local malhumorado y próximo, acechando la ocasión de dejar en ridículo al advenedizo preguntón. (…)

Habla el inculto, y el culto, y el iletrado y el sabihondo, el clérigo y el pastor. Entre todos surge el habla cotidiana, la que nos debe preocupar. Y cada uno de estos grupos humanos varía según sus apetencias momentáneas, las que terminan por retratar cumplidamente su yo histórico y social. La Mérida que yo estudié hace ya cuarenta años no es la misma que la actual. Ha pasado mucha agua bajo el puente. Quizá el Guadiana siga empleándose sin artículo en el habla local, pero ya no le dejarán, en época de avenidas, tapar los arcos del puente romano, con la zozobra a cuestas y creciente, ni le permitirán inundar las campiñas en extensiones desmesuradas. Han surgido nuevos pueblos, con habitantes importados de otras comarcas españolas, con diferentes cultivos y ganadería diversa, y las generaciones nuevas conocen nuevas preocupaciones y trabajan en industrias insospechadas en los años cuarenta. Ya no se bajará a la estación, en tumulto casi, a la llegada del tren correo de Madrid, para conseguir un número de ABC o cosa parecida, prensa atiborrada de unánimes gritos triunfalistas y la monotonía de sus ilustres prohombres, cotidianamente condecorados. No, ha cambiado todo, vamos que si ha cambiado. Pero, estoy seguro, seguirán cruzando la mañana, gloriosa de luz y de brillos, los pregones de los ajos, de los cacharros de Salvatierra (¿y los del picón, verdadero canto?) y, desde luego, aún las cigüeñas henchirán con su tableteo la primavera jovencilla y pondrán sus penachos sobre las ruinas, vistiéndolas de repetida hermosura. Hasta las mismas ruinas parece que se han desperezado, ensanchado, intentan fugarse de los libros tradicionales...

lunes, 3 de noviembre de 2008

1798, dibujos de Mérida de Melchor de Prado y Mariño



Estos dibujos los realizó el dibujante gallego Melchor de Prado y Carvajal en un viaje que realizó entre 1798 y 1801 a Portugal y Extremadura, acompañando a José Cornide, enviado por la Real Academia de la Historia para complementar el viaje del Marqués de Valdeflores comentado en otra entrada. (Cervantes Virtual).

sábado, 1 de noviembre de 2008

1752-53, dibujos de Esteban Rodríguez








En 1752, el rey Fernando VI nombró a Luís José Velázquez, marques de Valdeflores, miembro de la Real Academia de la Historia, para averiguar y reconocer las antigüedades de España. En 1752-53 estuvo en Mérida, remitiendo a la Real Academia diversos dibujos de monumentos de la ciudad, realizados por el dibujante Esteban Rodríguez. (vía Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).