Mostrando entradas con la etiqueta memorias del antiguo régimen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memorias del antiguo régimen. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de febrero de 2009

la letra con sangre entra


Hoy en día, como sabéis, si un profesor le diera una simple colleja a un alumno, aunque éste hubiera hecho méritos sobrados (es decir, reunidas todas las papeletas), le caería un buen paquete. Pero en nuestros queridos años 70 no erá así, sino al contrario, en el colegio te caían hostias por tos laos y muchas de ellas por un simple quítame allá esas pajas.

En los Salesianos (aunque en tó los colegios cocían habas) había un catálogo completo de tórturas: la bofetada, el capón, el reglazo, la llave... Si tuviera buena memoria escribiría todo un manual, aunque seguro que Mr. Lamb lo recuerda mejor que yo. El Gregorino o Madelman, tenía su gracia porque nos daba a elegir el castigo, lo que me permitía optar por el reglazo, golpe que te arreaba con la regla de 50 cm. en la palma de la mano puesta boca arriba. Don José, Pepe Calabazas, era más sibilino y tenía sistema propio: cogía una llave de las antiguas, se colocaba los dientes entre los dedos pulgar e índice y entre medios te agarraba el lóbulo de la oreja que te retorcía a conciencia. Don Silverio no pegaba mucho, pero un día perdió el control y le arreó una paliza (literal) con patadas incluidas a un compañero -supongo que ésto lo recordara Berreitor, que también fue alumno salesiano -. El capón y la bofetada estaban bastante extendidos. Mi amigo Don Carlos era más fino: un día, simplemente por sonreir, me llevo a otra clase y me tuvo toda una hora de pie en la tarima, para humillarme, y quedó solo en eso porque me negué a pegar la nariz a la pared sujetando una tiza. Recuerdo también como ponían a algunos de rodillas con los brazos extendidos sujetando durante bastante tiempo varios libros en cada mano. Bien es cierto que no todos utilizaban estos métodos y que de muchos profesores, por sus enseñanzas y por su trato, guardamos buenos recuerdos.

El grupo Asfalto ya lo dijo en Días de Escuela:

Bien abrigado
llegaba al colegio
1960, no hace mucho tiempo
sentados frente a una cruz
y ciertos retratos
entre bostezo y bostezo gloriosos himnos pesados.

Despertamos en pupitres de dos en dos
aún recuerdo el estrecho bigote de Don Ramón
y la estufa de carbón frente al profesor
la dichosa estufa que no calienta ni a Dios.

Suena el timbre, al fin...!
bocadillo, recreo, evasión
una tortura más antes del juego
la leche en polvo y el queso americano.

Sales tú, la ligo yo
te cambio los cromos, te juego al tacón
salta tú y el gordo después
apuremos el tiempo que ya nos meten dentro.

Dos horas de catecismo
en mayo la comunión
la letra con sangre entra, otro capón!
tarea para mañana, puesto el abrigo
otra copla a los del cuadro y hasta mañana Don Ramón.

Ahora tú qué pensarás, si cuanto más me oprimían
más amé la libertad.

Es a tí a quien canto hoy, enseña a tus hijos
enseña a tus hijos a amar la libertad.

lunes, 16 de febrero de 2009

al l`or(o): adulteras y queridas


Pues si, L`or, hasta hace bien poco (unos treinta años) el adulterio estaba penalizado, pero no para todos: sólo cometía el delito la mujer casada (incluyendo separadas y abandonadas) y el listo que se le agenciaba siempre que supiera que aquella estaba casada. Eso si, era necesario que el marido (el cornudo) se querellase. Y la pena (prisión menor - de 6 meses y 1 día a 6 años-) podía ser remitida (suspendida) por el marido. Bueno, éste también tenía premio de prisión menor si metía a una manceba (querida) en casa o la tenía notoriamente fuera de ella. O sea, que tener una querida de tapadillo, como era costumbre, no era delito. A la manceba, en caso de delito, se le imponía la misma pena o se la desterraba. Esta claro que las queridas sólo se las podían permitir los señoritos puesto que un currante no tendría medios para montarle un pisito a aquella, como era costumbre, ni medios para desplazarse a la localidad donde estuviera la moza. Lo penoso del caso es que la mayoría de las queridas existían porque las legítimas preferían no perder la seguridad del matrimonio.