viernes, 26 de septiembre de 2008

sopas contra la crisis (gastronómica)


Esto de la crisis debe haber alcanzado al Narro, como deduzco de la falta de organización de comidas mensuales. Aunque esto no es nuevo, ya sucedía en los tiempos antiguos, de ahí que se inventaran las sopas. Para superarla, nada mejor que recurrir a la sopa boba y al caldillo de perro.

Un tal Grimod de la Reynière dijo que "una buena sopa es la gran comida del pobre, una gozada que a menudo el rico le envidia". Cuenta Emilia González Sevilla en el libro "El fogón del pobre" (ediciones del Serbal) que la sopa boba (que según el dicho popular comían los hijos que permanecían en casa de sus padres después de acabar los estudios) se les daba a los mendigos a la puerta de los conventos y se elaboraba cociendo, a fuego muy lento, unos mendrugos de pan duro ablandados previamente en agua y vino blanco, junto con una nuez de mantecca de cerdo por lo general rancia.

Más insustancial aún era, según informa la mencionada autora, el agua de borrajas, "que no era otra cosa que el caldo donde se había cocido un buen manojo de borrajas al que, una vez privado del cardillo, se incorporaba una hoja de laurel y una corteza de tocino, si había.

Por consiguiente, que diría Felipe, se ruega a los señores catedráticos que salgan al campo de una vez y, a falta de setas, pillen unos cardillos para hacernos, al menos, una sopita. El tocino no los puede prestar el Churrete.

Y es que ya lo decían nuestros padres y abuelos (que en paz descansen): "siete virtudes tiene la sopa: quita el hambre, sed da poca, hace dormir, ayuda a digerir, nunca enfada, siempre agrada y pone la cara colorada".

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