La Mafia se sienta a la mesa Kermoal, Jacques (Editorial Tusquets)
Pocos saben que los «padrinos» de la «Honorable Sociedad» preparan los menús de sus ágapes con el mismo cuidado y esmero que sus crímenes. La expresión cucinare il delitto («cocinar el delito») da una idea de la importancia que la Mafia otorga a la gastronomía: ya desde sus comienzos, esta organización se ha reunido en torno a la mesa con objeto de festejar aniversarios y éxitos, urdir nuevas estrategias... o poner fin a las actividades y los días de algún miembro de la Familia. Y la comida constituye una liturgia, un ritual en el que cada detalle está perfectamente planeado.
En La Mafia se sienta a la mesa se describen las comidas, cenas o banquetes que, por su importancia histórica o legendaria, por su originalidad o su cariz burlesco, ocupan un lugar preeminente en la gastronomía mafiosa desde 1738, año en que se fundó esa sociedad. Pues la Mafia organiza ágapes tanto para preparar el desembarco de Garibaldi en Marsala en 1860 como para distribuir el tráfico de caballos durante la primera guerra mundial, o para celebrar —en un famoso festín de quinientos cubiertos— la «toma» del Bronx por Maranzano. Así, los nombres de Mussolini, Roosevelt, Churchill o del general Dalla Chiesa se mezclan, entre bocado y bocado, con los de don Vito, Calogero Vizzini, Genco Russo, Lucky Luciano o el último emperador, el abogado mafioso Vito G.
Los gourmets verán satisfecha su curiosidad, ya que se ofrecen los menús, los vinos y las recetas de las comidas mafiosas más relevantes. Varias de estas recetas fueron inventadas por los más famosos caciques y jefes de «familia», cuyo prestigio, según se dice, debe más a su talento culinario que a su forma de manejar la metralleta.
Don Vito vuelve enseguida (fuente: XL Semanal)

Don Vito Cascio Ferro, el primer emperador de la Mafia, era el dueño de las tres cuartas partes de Sicilia en 1909. Cobraba impuestos de todas las fuentes de ingreso posibles de la isla. Se quedaba con el pizzu, una comisión sobre las ventas de los comerciantes, protegía las actividades de sus amigos y hacía de mediador en cualquier robo o crimen a cambio de un porcentaje para la Honorable Sociedad, como se denominaba a la Mafia a principios de siglo.
El 12 de marzo de 1909, don Vito estaba convidado a la casa de su querido amigo, el diputado Petrani, uno de esos parlamentarios que actuaban de intermediarios entre la Honorable Sociedad y el Gobierno de Roma. Dos días antes, don Vito había recibido una carta en la que se le anunciaba la llegada de un agente del FBI de origen italiano, Jack Petrosimo, para investigar las conexiones entre la Mafia siciliana y su rama norteamericana. El agente quería acabar con el problema de la naciente Costa Nostra en origen y había contratado a unos confidentes: dos inmigrantes sicilianos que lo acompañaron en el viaje, pero que en realidad trabajaban para don Vito.
A las doce y media de aquel miércoles, don Vito y el diputado se sentaron a la mesa para saborear un menú exquisito. Entre el queso de cabra de Caltanissetta y la cassata a la siciliana, don Vito pidió permiso al diputado para ausentarse durante unos 20 minutos y para que le prestara su coche de caballos. Esa misma mañana, los confidentes le habían informado de que acompañarían a su jefe norteamericano a comer en la Plaza Marina de Palermo. Hacia allí dirigió el coche del diputado. Al llegar, don Vito se acercó al agente del FBI, le miró a los ojos, sacó del bolsillo una pistola y le disparó en plena cara dejándolo seco. Diez minutos más tarde, don Vito volvía a terminarse la cassata. Nadie vio nada, aunque la plaza estaba llena de gente. El diputado confirmó que, el día de autos, don Vito había estado comiendo con él sin ausentarse en ningún momento.
El asesinato de Jack Petrosimo se atribuyó a los dos confidentes que lo acompañaban y que nunca aparecieron. Se rumoreó que don Vito les había regalado dos hoteles en Argel. Don Vito murió en prisión en 1929, pero hasta su encarcelamiento, en 1923, no dejó de ir cada miércoles a casa del diputado Petrani para conmemorar aquella muerte y brindar con el maravilloso Velutinaro, un vino de las laderas del Etna del que sólo se producían 120 barricas al año y del que, por supuesto, don Vito era el propietario.
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